Con solo nombrar lo que sentimos nuestro cerebro se calma

 

«Me siento mal, no sé lo que me pasa, solo sé que me siento mal». Muchas personas no saben identificar y nombrar sus emociones, reconocen su malestar pero no saben describirlo en palabras. 
 
Esto además es algo que arrastran desde sus infancias, en las que notaban sus emociones y sufrían las consecuencias de estas, pero nunca aprendieron a nombrarlas y a acompañarlas como era debido. Incluso, con frecuencia tuvieron que reprimirlas para no ser castigadas por los adultos de su alrededor.
 
La dificultad para reconocer con claridad nuestras emociones constituye un factor de riesgo importante en el desarrollo de ansiedad y de trastornos depresivos
 
«Me enfada», «me entristece», «siento miedo, rabia, asco» ... Etiquetar nuestras emociones, ponerles nombre, nos permite comprender de forma más consciente lo que sentimos. 
 
Cuando identificamos claramente si estamos tristes, ansiosos, frustrados o felices, podemos responder de forma más saludable y conectar con más autenticidad con los demás. 
 
No se trata solo de «hablar de emociones», sino de identificar y etiquetar con palabras precisas (por ejemplo: «esto es ansiedad», «esto es tristeza», «esto es frustración») la experiencia emocional que estamos teniendo en un momento dado.

Las emociones no son ni negativas ni positivas, siempre son necesarias
Artículo relacionado:
No existen emociones negativas
 
¿Cómo funciona el «etiquetado emocional»?

Los estudios en neurociencia muestran que al utilizar el etiquetado emocional, es decir, al ponerle nombre a lo que sentimos, nuestro cerebro tiende a calmarse: la amígdala (que activa las emociones intensas) reduce su actividad y entra en juego la corteza prefrontal que ayuda a regularnos. Es como si el cerebro «pasara» la emoción por un filtro de racionalidad básica, atenuando su intensidad. 
 
La clave está en la identificación consciente y verbal. Etiquetar las emociones no «apaga» la emoción, sino que «modula» su intensidad, como si «desviara» la señal cerebral del centro implicado en la alarma emocional (amígdala) hacia el centro del razonamiento (corteza prefrontal).  
 
Un cambio que se siente en el cuerpo

No es solo un cambio en el cerebro, sino en todo el cuerpo. Nombrar lo que sentimos también ayuda a calmar la respuesta de alarma de nuestro cuerpo. Cuando practicamos el etiquetado emocional, es más probable que nuestro corazón deje de latir tan rápido y que desaparezca esa sensación de sudor frío o de piel de gallina que aparece ante un susto, un disgusto o una situación de estrés. 
 
Además, en algunos casos clínicos, el etiquetado ha demostrado ayudar a reducir la intensidad de episodios de angustia aguda. 

El uso sistemático del «etiquetado emocional» ayuda a entrenar la conexión mente-cuerpo y a ajustar tu vocabulario emocional. Con el tiempo, el etiquetado se vuelve más automático y preciso, dotándote de un mejor autoconocimiento de tus emociones.
 
Si sientes que necesitas acompañamiento personalizado para profundizar en tus emociones y en los mensajes que no pudiste escuchar, estaré encantado de acompañarte paso a paso en mi consulta online
 
Cuando etiquetas tus emociones, ellas responden ofreciéndote una valiosísima información.
Ramón Soler, Psicólogo

El más reciente